Al hilo de lo de ayer, esto es lo que acaba de decir Edgar Bronfman, CEO y presidente de Warner Music Group:
“We used to fool ourselves…We used to think our content was perfect just exactly as it was. We expected our business would remain blissfully unaffected even as the world of interactivity, constant connection and file sharing was exploding. And of course we were wrong. How were we wrong? By standing still or moving at a glacial pace, we inadvertently went to war with consumers by denying them what they wanted and could otherwise find and as a result of course, consumers won.”
O traducido libremente:
“Nos autoengañábamos… Pensábamos que nuestros contenidos eran perfectos tal y como eran. Esperábamos que nuestro negocio permaneciese felizmente sin verse afectado, incluso cuando en el mundo la interactividad, la conexión permanente y el intercambio de archivos explotaba. Y por supuesto estábamos equivocados. ¿Por qué nos equivocábamos? Aguantando o moviéndonos a un ritmo glacial, sin querer, hicimos la guerra con los consumidores, denegándoles lo que querían y, como no podía ser de otra manera, los consumidores ganaron.”
No hace falta decir más ¿Están a tiempo? Igual hay esperanza para alguna de ellas.
Hasta ahora eran los “pequeños” los que ofrecían sus canciones en Internet, casi siempre de manera gratuita en sitios como MySpace, Spiral Frog o Amie Street. Si nadie te conoce no tienes alternativa, renuncias parte de los derechos de explotación de tu obra para poder llegar a, virtualmente, todo el mundo. Después, una vez tu fama te haga rico, puedes tener la jeta de vender tu obra y criminalizar a todo el que se la copie, o bien vivir de los conciertos, ediciones especiales, o lo que esté dispuesto a pagar la gente por descargársela.
Los artistas comienzan a darse cuenta de que la producción de discos y demás soportes físicos es cada vez menos relevante, de ahí que estén abandonando las discográficas, tomando el control de su obra y ampliando sus márgenes hasta la casi totalidad del precio final al distribuir ellos mismos su obra. Mientras, las discográficas tiemblan ante lo que se les avecina; ya van a la zaga de empresas Internet que conocen bien el medio como para estar exigiendo DRMs y demás tontunas. Ya lo dijo Alaska, está no es su crisis.
Por su parte la difusión digital de la obra se convierte en el primer vehículo de consumo. Intentar cobrar por una copia que al artista le resulta gratuita será prácticamente imposible y además es inmoral. Donde tienen que hacer esfuerzos los artistas es en la promoción y difusión de su obra e Internet es la mejor herramienta para ello, y adquirir así relevancia para vivir de promociones, conciertos, patrocinios, ediciones para coleccionistas, merchandasing… Los casos anteriores son claros ejemplos. Los que no quieren darse cuenta, los que ven amenazados sus ingresos por copias, seguirán tildando de piratas y enviando a la cárcel a los usuarios, sus consumidores; el resto se adaptará al cambio y lo aprovechará en su favor.
Como autor, me parecería inmoral beneficiarme por no realizar ningún trabajo, el de copia entiéndase, mientras que si que exigiría mi beneficio por la obra realizada, sea económico, moral o de satisfacción del propio ego. El copyright no tiene sentido cuando el coste de la copia es nulo, tal y como sucede con la información, imágenes, vídeo o música. Aunque pueda aproximarse a cero, el coste de un CD como soporte es pequeño y hay que pagarlo con cada copia; no olvidemos que Internet no deja de ser un soporte por el que pagamos religiosamente todos los meses. Pero se trata de remunerar de alguna forma el coste de creación, el tiempo empleado y lo que convengo que merezco.
¿Dónde está el valor?
El trabajo es lo que tiene valor, se paga por los conciertos, por las actuaciones u otros eventos, por una carrera de motociclismo (no por cada vez que la veas), un disco, un libro, una película; de la misma manera que la tienen otros tangibles como zapatos, tomates, sillas, etc. Es decir, es la creación la que tiene valor en sí misma y por la que se debe compensar al autor. Con los objetos tangibles, cada uno de ellos supone un coste de producción, por lo que es fácil trasladarles los costes de creación. Sin embargo, cuando no existen costes de producción ¿qué sentido tiene remunerar la copia? ¿Que algunos se enriquezcan por no hacer nada?
El derecho de copia
Pretender impedir el derecho de copia, aparte de perder el tiempo, no es más que ponerle barreras a la difusión de la obra creada en aras de la obtención de un beneficio por trabajo no realizado, lo que no es precisamente defender la cultura, que en su definición según la RAE dice:
3. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.
En una sociedad p2p, plagada de prosumers, donde todos somos productores y consumidores de información, el trabajo de creación debe ser retribuido por la labor de creación misma, y nunca por la difusión de la obra. Nunca mercantilizando la cultura. Nunca protegiendo a las industrias frente a la creatividad.
Ejemplos
Y por supuesto que existe algún movimiento en este sentido:
Modelos de suscripción planos a un servicio en los que se pagaría una cuota fija al mes, justificable por los beneficios que aporta una plataforma de calidad con facilidad de búsqueda, sencillez, etc.
Ofrecer canciones gratuitamente obteniendo ingresos por publicidad como Spiral Frog.
MySpace se ha convertido en el escaparate de muchas bandas que no tendrían otra forma de promoción y que después han firmado un contrato con una discográfica como es el caso de Artic Mokeys o The Horrors. Al menos siguen ofreciendo canciones gratuitamente.
Parece que algún artista lo tiene claro, en este vídeo Alaska opina sobre la crisis de la industria fonográfica distinguiendo claramente que no es una crisis de la cultura, ni de los artistas, ni de creatividad. Algunas perlitas:
Es la crisis de una industria pero no de la música, de los músicos, ni de los que graban discos.
Música va a seguir habiendo aunque sin soportes.
Los fabricantes de discos desaparecerán, pero eso es problema de los fabricantes de discos no de los artistas.
Los nuevos canales favorecen la difusión de la cultura.
En España se vive un momento de oro en cuanto a conciertos.